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Acabo de enterarme de que Jürgen Habermas falleció el sábado pasado en Starnberg, Baviera. Tenía 96 años. Para quienes no seguimos la filosofía de cerca, quizá el nombre no diga mucho, pero este tipo fue literalmente la conciencia intelectual de Alemania durante décadas. El "sismógrafo moral" de la República Federal, como lo llamaban.
Lo que me impacta es que desaparece con él toda una forma de pensar. Habermas fue el último superviviente de la Escuela de Fráncfort, esa tradición alemana que se negaba a caer en el irracionalismo y la oscuridad que caracterizó lo peor de la historia del país. Fue alumno de Adorno en los años cincuenta y construyó una obra monumental: Teoría de la acción comunicativa, Historia y crítica de la opinión pública, El espacio público. Estos no son títulos menores; marcaron cómo pensamos la democracia y el debate público en el siglo XX.
Lo curioso es que este filósofo alemán nunca dejó de intervenir en los asuntos públicos. No se encerró en la torre de marfil. Escribía sobre memoria histórica, guerras contemporáneas, bioética. Y hasta hace poco, en su último artículo publicado el 30 de noviembre de 2025 en El País, seguía reflexionando sobre Europa. Casi como un epitafio, escribió que la integración política europea nunca había sido tan vital ni tan improbable. Eso resume bien su pesimismo de los últimos años.
Habermas nació en 1929 en Düsseldorf, marcado por una infancia bajo el nazismo. Como tantos de su generación, fue miembro de las Juventudes Hitlerianas, pero a diferencia de muchos, nunca dejó de cargar con esa culpa histórica. Desarrolló lo que llamaba el "patriotismo constitucional", una forma de amar a tu país sin caer en los nacionalismos peligrosos. Eso fue revolucionario para los alemanes de posguerra.
Lo que siempre me pareció notable es que Habermas discutió con todos. En 1968 enfrentó al líder estudiantil Rudi Dutschke por lo que él veía como "fascismo de izquierdas". En los ochenta se metió en la "querella de los historiadores" contra Ernst Nolte, defendiendo una interpretación rigurosa del nazismo frente a los intentos de normalizarlo. No esquivaba la polémica; la buscaba cuando era necesario.
En sus últimos años, ese pesimismo sobre Europa contrastaba con su convicción de que la democracia deliberativa seguía siendo posible. Defendía la necesidad de proteger Ucrania, pero criticaba lo que veía como un rearme alemán excesivo. Era el intelectual incómodo que tu país necesita pero que raramente aprecia en el momento.
Con su muerte, se cierra un capítulo de la filosofía alemana. No porque no haya pensadores ahora, sino porque Habermas representaba una tradición específica: la de los filósofos alemanes que aprendieron del horror histórico y dedicaron sus vidas a pensar cómo construir democracia, comunicación racional y espacios públicos dignos. Eso es algo que probablemente no volveremos a ver igual.